El Autor
Bronislao Mech,
también conocido entre los mosqueros con el apodo de "Broni", propone un viaje singular,
entusiasta y asegura que en el trayecto irá compartiendo una mixtura
incesante de sus sentimientos y convicciones.
Ama la vida con esmero e intenta la preservación de un cuerpo y mente sanos.
Además,
le gusta disponer de todos los sentidos,
notando fundamentalmente como a cada
instante el aire ingresa en el organismo
y lo oxigena.
Es el privilegio máximo de la existencia. Si bien hay múltiples factores,
también importantes y que cambian la calidad de vida, no ocupan el mismo
nivel y son aleatorios.
Ama a su esposa e hijas, sintiendo la inmensa
felicidad de ser
favorecido por la vida y tocado por la varita
mágica de la suerte, permitiendo plasmar una familia y
la posibilidad de sostenerla.
Ama a Buenos Aires. No le importa la ausencia de
mar y
que la superficie carezca de ondulaciones,
ni la multitud que la habita, ni la cantidad de
vehículos o la humedad. Allí fue creciendo, estudia, madura
y comparte su
existencia con amigos, familiares y compañeros.

Puerto Quequén, el encanto mágico del agua y
los barcos. Foto Broni
Ama a Quequén-Necochea, un lugar sereno que
despierta sensaciones opuestas pero
nunca indiferencia. Los habitantes son generalmente muy cálidos y la geografía cuenta con magníficas bellezas naturales.
Deslumbrado por el hallazgo, hizo construir, cerca de la costa, una
propiedad de estilo mediterráneo para disfrutar
junto a
su familia
y amigos los apacibles momentos de ocio.
La Patagonia es su amante, el amor prohibido. Cuando la visita, su corazón late a mil, es como un encuentro íntimo, esporádico, mágico.
Siente que de sus entrañas emana
la esencia de cierto éxtasis que penetra lentamente por los poros
de la piel e invade todo el cuerpo y perdura. Es majestuosa, imponente, salvaje; Alejarse de ella le produce nostalgia
y desea frecuentemente volver a sus
brazos.
Ama pescar con mosca, caminar por la orilla de los ríos, observar hechizado el movimiento del agua, aspirar las fragancias nativas y primarias,
y oyendo deslizarse los sonidos de
la quietud y el silencio.
Son los momentos mágicos elegidos
para percibir que uno
forma parte de una obra de
arte soberbia que hace
ostensible la formidable y real sensación cósmica de ser, apenas, una
infinitésima parte del
todo.
Llegado a este punto, a ustedes les
gustaría averiguar, igual que al redactor de estas líneas, los
motivos de la inmensa capacidad de repartir amor.
El autor respondió
que no sabe, que su vida fue transcurriendo así y supone que puede
tratarse de un mecanismo misterioso que lo protege de la incertidumbre
de la existencia, reduciendo parte del insoportable dolor que se siente
ante una pérdida.
Admira al pez, un predador formidable,
hidrodinámico y veloz en su medio, el agua. También le fascina la astucia y recelo
que conserva ante la presencia humana, la belleza de sus colores y la vitalidad incansable que opone, resistiéndose con tenacidad a ser capturado.

Maximiliano Ares reintegrando al pez
Un luchador tan valeroso merece ser restituido, los predadores humanos tienen excesivo poder y sin devolución, el pez desaparece.
El autor siente que en el instante de la pesca en sí, al aproximarse el momento del pique, se origina un
"desafío temporal entre un predador y otro".
El día que llegue a descubrir un sentimiento de amor verdadero
hacia el pez y no la palabra,
seguramente será su última sesión de
pesca.
Es consciente de la urgentísima necesidad de conservar un ecosistema sustentable
y que también se debe trabajar con anticipación al posible daño.
Es dudosa la efectividad de reparar el mal que ya fue
ocasionado.
El empuje individual es muy valioso, pero resulta escaso para la obtención de resultados, es mucho más inteligente y efectiva la labor de conjunto.
Cree en el servicio comunitario y de apoyo de las ONG -organizaciones no gubernamentales- participando activamente, como socio, en dos de ellas, cooperando con otras e impulsando la creación de nuevas entidades.
Para contactos con el
editor, escriba a:
bronislao@gmail.com