Matías Sommariva con una sonrisa descomunal

 

 

 

Río Gallegos, Dos Grandes

 

Costó convencerme, sin embargo encendimos los vehículos y partimos. El viaje contaba con varios kilómetros como para tocar, esa misma tarde del viernes, el pozo donde suponíamos que podrían estar las grandes plateadas de mar.

Si hubiese sido por ellos, amanecíamos en el río...

Habíamos llegado. Sólo una tenue luz en la oscuridad a los lejos nos esperaba. Un plato caliente y una buena ducha era lo que más ansiaba antes de acostarme en una de las piezas del casco de la estancia.

A la mañana como siempre, fui el primero en levantarme. La pava chillaba por el calor que recibía del fuego de la hornalla, avisando que el agua estaba lista para saborear su gusto teñido por la yerba mate, elaborada con palo...

A través de la ventana de la cocina veía como la bruma se levantaba desde el suelo húmedo, el campo tomaba color mientras el sol se desprendía de aquella línea donde el horizonte marcaba el pequeño espacio entre la tierra y el cielo. El celeste en el aire dio la bienvenida al nuevo día…, el amarillo y verde en las hojas de los árboles pronunciaba el inicio del otoño.

Después de varios mates y un buen desayuno partimos en busca de las preciadas truchas.

A orillas del río, al doblar la línea para cruzarla por dentro de los pasahilos de la caña, sentí que los dedos se agarrotaban de frío. Sin embargo la risa de Diego y Matías me hicieron olvidar la presencia helada de la brisa, en esa primera y única mañana del primer sábado de Abril.

Listos los tres, me preguntaron como nos disponíamos para ubicarnos entre la cabeza y la cola del Pool, gesto de un valor deportivo que me lleno de orgullo, pocas veces visto en otros donde la ansiedad genera ser el primero en entrar al agua…

Preferí que ellos lo hicieran y observarlos..., sus lances excelentes dibujaban la silueta perfecta de un loop hacia atrás cargando la caña, y una salida hacia delante estupenda dejando caer la línea con precisión, soltura y delicadeza, del otro lado de la orilla justo ahí donde la mosca comenzaba a derivar a solo centímetros de la barranca.

Se movían de izquierda a derecha, sigilosamente sin dejar su presencia en el agua. Desde afuera por la claridad y transparencia del río pude observar que sus pies no levantaban la arena del lecho ni sus movimientos proyectaban ondas sobre la superficie.

Sabía que esa condición de destreza y habilidad les permitiría enquistar en cualquier momento sus anzuelos en la boca de varias truchas, aunque el frío en ese momento las había adormecido en el fondo, sin rastro alguno. 

No fue fácil, varios intentos y nada. Sin embargo intuíamos que se encontraban ahí, esperando vaya a saber que  química del agua les hacia falta para iniciar su actividad de desplazamiento y ataque.

De repente sorpresivamente, la caña de Matías se venció formando un arco que nos conmovió, tirones continuos con fuerza hacia abajo la curvaban casi formado una circunferencia, cuando de repente una corrida violenta presagiaba la presencia de un hermoso ejemplar que luchaba por desprenderse de su boca la mosca que le quitó durante su lucha la libertad. Luego de varios minutos lo pudimos ver. Un tremendo y poderoso macho había perdido la batalla. Matías, al liberarlo con gran alegría nos agradeció el momento compartido, haciéndonos sentir nuestro, su propio triunfo.

Luego de fuertes abrazos, dejamos reposar el pozo, preparando algo para comer, recordando constantemente ese momento inolvidable.

Nuevamente listos, esta vez los tres nos metimos en el agua. En apenas minutos la mosca de Diego recibió un mordisco. Esta vez de una hembra que,  enfurecida, de un salto demostró en el aire no dejar pasar nada inadvertido, desconfiada y furiosa por lo ocurrido con su compañero en la batalla anterior.

La astucia de Diego fue de un gladiador,  posicionó su caña como una espada hacia abajo no dejándola mover, cuando de repente muy cerca de sus pies salpicó tanta agua al zigzaguear como serpiente destrozando a su víctima. Al darse cuenta que su táctica no le permitía corta el leader volvió como un torpedo al fondo del pozo quedándose firme y quita como agarrada a un tronco, sin embargo de a poco sus giros se reiniciaron  muy lentos. Vencida, sin saber que hacer por los esfuerzos en vano, Dieguito le extrajo el engaño y la levantó para el disparo de un flash…sin duda fue un momento muy grande.

Una vez más todo lo vivido fue suficiente para nunca olvidar, sobre todo a estos dos grandes deportistas, Diego Bernad y Matías Sommariva que, cediéndome la posición privilegiada del río,  pude con caña en mano solamente sacar  hermosas fotografías…

 

 

 

 

Diego Bernard muestra orgulloso un magnífico ejemplar

 

 

Raúl Sommariva  -  Abril 2005

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